Tinieblas.

Indudablemente inimaginable

se imagina en la oscura habitación,

y de mente perdida,

la niña que cierra los ojos

si el sueño le alcanza.

 
La mujer que, cobarde,

le grita “¡No!” a la vida.
Cariñosa, se avecina

a acariciar sus pupilas

con ese fuego que centellea

al ritmo en el que bailan sus cortinas

después que acuda la tormenta

a transformar el huracán

en brisa.
Bajo el edredón de doble color

arropa, una por una, las caricias

que golpean, si canta,

el piar del cielo

que traspasa su ventana.
Mientras las luces de emergencia

se dejan parpadear a sí mismas

en la fría sala,

un pequeño recoveco se aislaba.
Araña con disimulo con los párpados

su espalda.
Esa línea contínua

de un vértigo horizontal

se agazapaba del revés por el portal,

dejaba entrever que su risa

puede exhalarse en un suspiro.
Que el suspiro viene y va.
Castaña-oscura tirando a gris

no quiere ser capaz de decir

lo que juega al pilla-pilla en sus paredes

y ahora le alcanza la mente.
El ventrículo derecho de su habitación

canta la novena sinfonía

a pleno pulmón.

 

Mientras, bajo su balcón,

a tres voces, sirenas de la policía.

Como estrella fugaz

veía tras el cristal la huída.
Cada noche llegaba tarde

a ver cómo el sol salía,

y la luna siempre presente,

nunca escondida.
La tiniebla del mundo

mecía sus días.

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